Las Cervantas, Martha Bátiz
Hace unos días terminé Las Cervantas, novela de la escritora mexicana Martha Bátiz, publicada bajo el sello de Hachette, y me sorprendió por dos razones muy claras: su lectura ágil y, sobre todo, el ángulo desde el que decide contar la historia.
Aquí no seguimos al autor consagrado, sino a las
mujeres que orbitaban su vida, nombradas de forma despectiva en su tiempo como
“las cervantas”. A través de ellas -y especialmente de Isabel- nos asomamos a
una faceta distinta de Miguel de Cervantes Saavedra, el célebre autor de Don
Quijote de la Mancha.
La novela arranca con un quiebre: Isabel, de 15
años, descubre que el hombre que creía su padre no lo es. Tras la muerte de su
madre, es Magdalena -hermana de Cervantes- quien va por ella para llevarla a
una nueva vida marcada por la contradicción: pertenece a la familia, pero no
del todo. Recibe el apellido Saavedra, no Cervantes, y debe habitar el espacio
incómodo de la ilegitimidad, incluso haciéndose pasar por criada dentro de su
propia casa.
Desde ahí, la historia se convierte en un proceso
de integración y resistencia. Isabel es un personaje potente: inteligente,
hábil para los números y las negociaciones, con un carácter firme que
constantemente tensiona las normas de su época. A su alrededor aparecen otras
figuras igual de interesantes: Magdalena y Andrea (sus tías), Constanza (su
prima, que la percibe como una amenaza), las sirvientas Teresa y María, y
Catalina, la esposa de Cervantes. Todas construyen un entramado femenino
complejo, atravesado por deudas, afectos, reclamos y lealtades.
Uno de los grandes aciertos de la novela es su
estructura. Está organizada en cinco actos, como una comedia del Siglo de Oro,
con capítulos breves que alternan entre distintas voces -algunos narrados por
Isabel, otros desde un narrador omnisciente- e incluso cartas que aportan
dinamismo. Este ritmo permite que la lectura avance con naturalidad y sostenga
el interés.
Más allá de la forma, resulta especialmente
atractivo cómo Martha Bátiz recrea, desde la ficción, la cotidianidad de
Cervantes: su vida marcada por infortunios, su paso como soldado, su secuestro
y cautiverio, y las dificultades económicas que atravesó su familia. Todo esto
dialoga con el proceso creativo de El Quijote, como si pudiéramos
asomarnos -aunque sea brevemente- a la gestación de una de las obras más
importantes de la literatura.
La novela también pone sobre la mesa el lugar de
las mujeres en su contexto: las expectativas sociales, las limitaciones y las
estrategias para sobrevivir y sostenerse. En ese sentido, no solo humaniza a
Cervantes, sino que desplaza el foco hacia quienes históricamente han quedado
al margen del relato.
El origen del libro suma otra capa interesante:
nació durante el doctorado de la autora en la Universidad de Toronto, a partir
de su especialización en la comedia del Siglo de Oro. Originalmente fue
publicada en inglés como A Daughter’s Place y posteriormente reescrita
en español, algo que se percibe en el cuidado de su construcción.
Me quedo, además, con lo que la autora señala en
sus notas finales: este libro es un tributo a las hijas, madres, hermanas,
sobrinas y esposas cuyas vidas han sido borradas para engrandecer a los hombres
de su entorno. Una idea que resuena mientras avanzas en la historia y que la
propia autora ha mencionado en entrevistas: sin esas mujeres, quizá El
Quijote no existiría tal como lo conocemos.
Las Cervantas es, en ese sentido, una novela que entretiene, sí,
pero también reconfigura la mirada: nos invita a leer la historia desde otro
lugar, uno que durante mucho tiempo permaneció en silencio.

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