Soldier Sailor, de Claire Kilroy
Mi primer libro leído del año fue Soldier Sailor, de la escritora irlandesa
Claire Kilroy. Una novela breve —223 páginas publicadas bajo el sello ADN
Novelas— que fue, honestamente, una sorpresa. La historia se construye como un
gran monólogo interior de Soldier: una madre primeriza agotada, desbordada,
amorosa y profundamente vulnerable. En muchos niveles pude identificarme con
ella; leerla me llevó de vuelta a hace dieciséis años, cuando experimenté
sensaciones muy similares.
Cansancio. Soledad.
Dudas. Un amor inmenso por ese bebé llamado Sailor que tienes en los brazos y
que depende por completo de ti. Pero también, por momentos, pensamientos
oscuros que brotan de un cuerpo que vive en permanente estado de alerta. Kilroy
no edulcora la experiencia: la maternidad aparece aquí como un territorio
intenso, contradictorio y, a ratos, abrumador.
El libro se lee
prácticamente de un tirón y, aunque sin duda puede resultar interesante para
mujeres que no son madres o para lectores hombres, me parece que su lectura
cobra una dimensión distinta para quienes hemos atravesado algo similar.
Conecté profundamente con sus páginas porque sentí que alguien había puesto en
palabras lo que yo misma sentí en esas madrugadas en las que mi esposo dormía y
solo mi primer hijo y yo permanecíamos despiertos. Esa conciencia brutal de que
ese pequeño ser depende totalmente de ti; esa sensación de haber perdido la
libertad, de no reconocerte en el espejo, de convertirte en un cuerpo al
servicio absoluto de un bebé que no para, que te necesita todo el tiempo.
En la novela
aparecen otros personajes, pero el más relevante es, sin duda, la figura del
esposo. Un hombre que no termina de comprender las necesidades reales de ese
binomio madre-bebé y que queda —casi de manera voluntaria— fuera de esa burbuja
de amor y dolor que se construye entre ambos. La narración incluye también
pasajes oníricos que al inicio pueden resultar confusos: sueños atravesados por
sentimientos de destrucción, abandono y miedo que asaltan a la madre. Ahí
asoma, con fuerza, una realidad incómoda pero muy vigente: la falta de
comprensión, apoyo y corresponsabilidad por parte de muchas parejas masculinas,
así como el cuestionamiento de los roles de género tradicionales.
Soldier Sailor trata, justamente, de esas
confusiones naturales de la maternidad. El título proviene de una nursery rhyme, una canción infantil, y
mientras leía hubo momentos en los que me reí, otros en los que me sentí
alterada, y muchos más en los que me conmoví profundamente. Que un libro logre
provocar todo eso —y que además sea el primero del año— no puede augurar otra
cosa que un 2026 lleno de buenas lecturas.
¿Lo recomiendo?
Absolutamente. Pero con una advertencia: hay que leerlo desde la empatía.
Porque eso es, quizá, lo que más necesitamos las madres frente a una maternidad
cada vez más compleja y exigente. Hoy mi primer bebé tiene casi diecisiete años
y este libro me recordó algo importante: que lo hice lo mejor que pude. Que al
final somos poderosas porque nos mueve el amor, y que desde ese amor sacamos
fuerzas insospechadas; somos capaces incluso de morir por ese ser que trajimos
al mundo, aunque nunca tengamos la certeza absoluta de estar haciéndolo bien.
Ser madre es una
aventura extraordinaria, y Soldier Sailor
nos lo recuerda desde una mirada honesta, cruda y pocas veces reconocida.
Este libro fue finalista del Women’s Prize for
Fiction

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