La policía de la memoria, de Yoko Ogawa

 


En la isla de La policía de la memoria, olvidar no es un accidente: es una política de Estado. Las cosas desaparecen y, con ellas, el recuerdo. Quienes conservan la memoria se convierten en una amenaza. Desde esa premisa inquietante, esta novela construye una distopía silenciosa que no golpea de inmediato, pero se queda.

Publicada originalmente en 1994, esta novela de la escritora japonesa Yoko Ogawa fue finalista del National Book Award 2019 y del International Booker Prize 2020. Leí la primera edición impresa en México (agosto de 2025), publicada bajo el sello de Tusquets (Editorial Planeta), con traducción de Juan Francisco González Sánchez.

La historia se sitúa en una pequeña isla donde, cada cierto tiempo, algo se desvanece: objetos, animales, palabras. El borrado no es inmediato; primero hay una sensación difusa de cambio y, solo después, la constatación de la pérdida. La narradora —una mujer sin nombre— observa y registra ese proceso mientras oculta una facultad peligrosa: ella recuerda.

La memoria, aquí, es resistencia. La madre de la protagonista, artista y escultora, también podía recordar y tuvo que esconderlo; el arte aparece como un intento por atrapar lo que se escapa. El padre, dedicado a la observación de aves, encarna otra pérdida: las aves desaparecieron. La protagonista es escritora y sus novelas, centradas en el duelo, circulan en una isla donde casi nadie lee. Todo parece condenado a desvanecerse.

Un grupo militarizado conocido en la isla como la policía de la memoria inspecciona recuerdos. La supervisión está normalizada, pero como lector resulta profundamente aterradora. Algunos habitantes huyen como forma de resistencia; otros aceptan el borrado. Hay personajes con una capacidad inusual —no pueden olvidar— y por ello viven al borde del peligro.

Uno de los golpes más duros llega cuando desaparecen las novelas. No todos lo notan. La protagonista sí, y entiende que resguardarlas es urgente: la memoria como último reducto de libertad personal.

La narración avanza en dos líneas. Por un lado, la vida en la isla; por otro, la novela que la protagonista está escribiendo: la historia de una estudiante de mecanografía que se enamora de su profesor y, al perder la voz, solo puede comunicarse escribiendo. Este relato interno deriva hacia un giro sórdido. Hay, literalmente, una novela dentro de la novela, y ambas dialogan sobre control, pérdida y silencio.

La policía de la memoria es una novela que exige atención, imaginación y contemplación. Invita a valorar cada recuerdo, a cuidar lo que vemos y lo que elegimos conservar, y a cuestionar las dinámicas sociales del olvido: qué se borra, por qué, y a quién incomoda lo que permanece. Es una lectura que deja una inquietud persistente y, sobre todo, ganas de conversar. ¿Ya la leíste?

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