La carretera, de Cormac McCarthy

 


Hace algunas semanas terminé de leer La carretera, del escritor norteamericano Cormac McCarthy (1933-2023), una novela distópica que funciona como una profunda metáfora de la vida y con la que el autor ganó el Premio Pulitzer de Ficción en 2007. La edición que llegó a mis manos es de Random House, con prólogo de Emiliano Monge y traducción de Luis Murillo Fort.

Este libro llegó a mí gracias a un trueque realizado en uno de nuestros viajes literarios, y lo busqué tras una recomendación de Valentina Trava. La historia tiene apenas tres protagonistas: un padre, su hijo pequeño y una carretera desolada. La trama se desarrolla en un mundo arrasado, sin luz, sin agua ni alimentos; un escenario apocalíptico dominado por la desolación, la muerte y el miedo.

El padre y el niño caminan hacia la costa empujando un carrito con sus escasas pertenencias. Los acompañamos en su trayecto, compartimos su angustia y su temor ante posibles ataques, pero también sus breves momentos de alivio cuando hallan un refugio. Las pocas pistas sobre el pasado surgen en cortos recuerdos, y sin embargo seguimos leyendo sin esperar explicaciones completas: buscamos, como ellos, entender. Es la necesidad humana de orden y certeza en un universo que carece de ambas. Vagamos por las páginas como ellos por esa carretera solitaria y peligrosa.

El hijo encarna para el padre la esperanza, la presencia de Dios y el impulso de resistir. La supervivencia se vuelve una misión: encontrar un lugar seguro, seguir avanzando. En su camino atraviesan ciudades quemadas, escenarios devastados y restos de vidas anteriores —incluida la casa donde el padre creció—. No hay fronteras ni Estados, solo silencio, indicios de otros seres humanos y, de pronto, un tenue rayo de esperanza.

Los personajes no tienen nombre, como si la identidad se hubiera borrado con el mundo. A lo largo de sus 215 páginas, la novela nos mantiene en vilo: tememos que el padre muera o que el niño enferme; nos sobrecoge su hallazgo de un búnker con alimentos —huella de quienes previeron el colapso, pero ya no están—; nos oprime la ausencia de aves, la toxicidad del aire, el frío constante. El relato exige concentración y paciencia: “no pasa nada” y a la vez ocurre todo. En el silencio, en los árboles, en el viento, buscamos respuestas.

Y al final queda la esperanza, frágil pero persistente, en medio de un mundo brutal.

La carretera es un libro extraordinario por su narración austera y las atmósferas que construye. Tiene adaptación cinematográfica —The Road, protagonizada por Viggo Mortensen— que, por supuesto, pronto veré.

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