A la sombra de un árbol muerto, de Mónica Rojas

 


Ayer, con las olas de mar de fondo, terminé de leer “A la sombra de un árbol muerto”, de la escritora mexicana Mónica Rojas (Puebla, 1983) publicada hace apenas un mes bajo el sello Hachette Literatura. Con una voz profundamente femenina, esta novela de 270 páginas entrelaza la vida de tres mujeres de distintas épocas unidas por un mismo hilo invisible: la herencia de sus fantasmas. Magdalena en 1873, Petra en 1910 y Leonarda en 1935 comparten un destino marcado por el dolor, la memoria y la fuerza de resistir.

La historia inicia en 1873, en Santander, España, con el matrimonio de Magdalena y Juan. Los sucesivos abortos de Magdalena erosionan su cuerpo y su espíritu, en un contexto social donde el valor de la mujer se mide por su capacidad de dar vida. La sangre de la menstruación se convierte en símbolo ambiguo: esperanza y miedo, vida y muerte. Los pequeños cuerpos de sus hijos no nacidos son enterrados bajo un manzano, en un intento de devolverlos a la tierra, pero permanecen vivos en la memoria de Magdalena, enloqueciéndola. Mujer fruto, mujer raíz.

El relato viaja después a los Altos de Jalisco, México, adonde Magdalena y Juan llegan con la ayuda de Ramón, tío de él, para trabajar en su hacienda. Pero ni el océano ni la distancia logran desprender a Magdalena de sus fantasmas. Allí aparece Isabel, una mujer indígena sin voz ni educación, que termina siendo criada de Ramón. Mujer que sirve, que obedece, que engendra casi sin querer, y que da a luz a Petra. Con Petra, el ciclo de dolor se repite, pero también surge una chispa distinta: la inconformidad, la voluntad de cambiar el propio destino.

“A la sombra de un árbol muerto” explora las raíces familiares, el desarraigo, los mitos que se heredan, el sincretismo, la opresión y, sobre todo, el papel de la mujer a lo largo del tiempo y en distintas realidades sociales. La Revolución Mexicana se asoma como telón de fondo y punto de quiebre, reflejando la transformación —a veces lenta, a veces abrupta— de la condición femenina.

La novela está salpicada de conjuros, cantos indígenas y breves piezas poéticas que interrumpen la narración como una pausa necesaria para reflexionar. Por momentos, el texto duele y resulta incómodo, pero esa incomodidad es parte de su apuesta. En la segunda mitad, confieso que la gran cantidad de temas y personajes me dificultó seguir el hilo central; sin embargo, la reflexión final es clara: el verdadero poder femenino no reside únicamente en la maternidad, sino en la capacidad de sostener, transformar y trascender.

En definitiva, esta es una historia que honra la memoria de las mujeres invisibles y da voz a su resistencia, agradezco a Mónica por su escritura y a Norma por la oportunidad de tener este libro en mis manos.

 

 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Toda la sangre, de Bernardo Esquinca

Cuchara y memoria, de Benito Taibo

Por mi gran culpa, de Ligia Urroz